— El Ibérico Hastiado

Publicado por Luis Alegre (actualmente en Podemos) en contestación a una columna de opinión de Gabriel Albiac.

Los que, por algún tipo de perversión masoquista, leemos con cierta regularidad los artículos de Gabriel Albiac sabemos que pueden dividirse en dos grupos: aquellos en los que nos habla exclusivamente de su ombligo y aquellos en los que, sin dejar de hacerlo, pretende estar analizando la situación internacional. El enigma que me atenaza se plantea en los primeros, pero la respuesta la aporta en los segundos.

Luis Alegré coordinador del equipó técnico de Podemos Luis Alegré coordinador del equipó técnico de Podemos

Como es bien sabido, es prácticamente imposible distinguir los primeros de la lista de precios de una casquería (no sólo por el contenido sino, sobre todo, por la sintaxis) en la que se indicase el proceso de elaboración de los productos. Serían absolutamente indiscernibles si las casquerías también vendiesen discos de rock and roll. El gran enigma que se nos plantea es, por lo tanto, el siguiente: ¿Por qué no se ha suicidado todavía?

No trataré de analizar su obsesión por dar siempre varias vueltas a la postura más de izquierdas posible. A este respecto me basta con saber que nos da siempre no-sé-cuántas vueltas y media. Lo único que quiero yo también es entender, resolver el enigma y, como digo, la respuesta hay que buscarla en los artículos del segundo tipo. Bastaría cualquiera de los escritos sobre Oriente Medio en los que aplica lo que podríamos llamar una “lógica de carnicero”?. Cuando un soldado israelí dispara en la cabeza a un niño palestino que tira piedras, la responsabilidad puede que sea del niño (por tirar piedras al ocupante ilegal de su tierra), del padre (por mandar al niño a interceptar balas con la cabeza), de Arafat (por permitir que los padres manden a los niños), de Euclides (por haber establecido la distancia más corta entre dos puntos) o de Felipe González. Por supuesto, queda descartado que el ejército de ocupación tenga algo que ver en el asunto y, para demostrarlo, dos pruebas: en primer lugar, Israel es un Estado democrático (la socialización de las fosas demuestra que es incluso socialista) en el que es legal la tortura para conseguir que también las mezquitas se queden vacías. En segundo lugar (aunque más importante), la carne de Sharon no es sudorosa como la de Chávez.

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Publicado por El Pais el 24/6/2013 y escrito por Hector E. Schamis.

Para algunas expresiones de la nueva izquierda latinoamericana, más o menos “populistas”, la agenda redistributiva y progresista debe avanzar a expensas del liberalismo. En esta versión, el liberalismo no es más que una ideología a desenmascarar, el credo de la derecha, los poderosos y el capitalismo internacional. El debate en la región se basa entonces en un razonamiento falaz, que reduce y por ende distorsiona el fenómeno en cuestión. Si esto transcurriera sólo en los claustros, no importaría demasiado. Lo grave es que con esta falacia estos gobiernos hacen política, deteriorando las instituciones republicanas y la legalidad democrática. Ironía suprema, de este modo también afectan los derechos de las mismas clases populares que dicen representar.

Hector E. Schamis Hector E. Schamis

Es muy cierto que el liberalismo enuncia postulados teóricos (o ideológicos, si se prefiere) que dan sustento al libre mercado, la iniciativa individual y la propiedad privada—el esqueleto del sistema capitalista. Pero una lectura parcial y sesgada omite que el liberalismo además es la matriz del constitucionalismo, el principio que establece la separación de poderes y los mecanismos que lo regulan y reproducen. La singularidad del estado liberal reside en la idea que las personas tienen derechos fundamentales, y esos derechos están protegidos sólo si el uso del poder público está restringido a priori, o sea, dividido y limitado por normas relativamente estables.

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Publicado por LibertadDigital el 7/9/2013 y escrito por Soriano Domingo ( @SorianoDomingo )

Aunque viendo su actual prosperidad pueda parecer sorprendente, hace dos décadas la situación económica de Suecia no era demasiado envidiable. Las finanzas públicas estaban al límite y aparecía en el horizonte una importante amenaza demográfica, con una generación que empezaba a ver cerca su retiro (en 15-20 años) sin un reemplazo laboral claro.

Ante esta perspectiva, los grandes partidos iniciaron crearon una comisión, formada por técnicos más o menos alejados de la política, que hiciese una propuesta de reforma del sistema nacional de pensiones. No fue sencillo llegar a un acuerdo. De hecho, los primeros pasos en esta dirección se dieron en 1984 y la reforma se aprobó en el Parlamento en 1994 (para más información, Johannes Hagen, de la Universidad de Uppsala, ha publicado este mismo año un completísimo relato de todo el proceso).

Soriano Domingo Soriano Domingo

Finalmente, Suecia se convirtió en el primer país europeo que acometía un cambio radical de su sistema de prestaciones de jubilación. ¿Las claves?: igualar contribuciones y prestaciones, asegurar el equilibrio financiero del modelo de reparto y, sobre todo, abrir la puerta a un sistema de capitalización individual dentro del sistema público.

Mientras, en España, en los últimos años, se han sucedido las reformas. PP y PSOE se refugian en el Pacto de Toledo para aprobar cambios que reducirán la prestación de las futuras pensiones: endurecimiento de las condiciones de acceso, nuevos índices para la revalorización,… Todo se hace en nombre de la sostenibilidad de un sistema tan “sostenible” que hay que ajustar cada poco tiempo para que no quiebre.

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